Una mierda de poema

Siento la mirada
del teléfono en la nuca.

No vienes
y tu ausencia dibuja sombras
por detrás de las cortinas.

Te busco en todas las bocas,
en todas las caras,
en todos los cuerpos;
y olvido sus nombres
en ese segundo de desasosiego
en el que abro los ojos
y no te encuentro.

Le grito a las paredes de mi casa
a partes iguales
cuánto te odio y cuánto te quiero
como si toda esta marea te invocara.

Que vuelvas.
Me cago en la puta,
vuelve,
que tengo el verde de tus ojos
incrustado en las costillas, que
aún me quedan besos
y estoy perdiendo el juicio
de tanto esperarte.

Todos los acantilados dan a su alma de descuido. Tírate, si tienes huevos.

Alguien me había dado una dirección.
Salí del trabajo, cogí dos trenes y, hacia las nueve de la noche, llegué hasta aquella puerta. El aire olía a especias y hacía un frío de siete pares de cojones en Londres.
Sus manos de enredadera giraron el picaporte desde el otro lado para dejarme entrar en lo que -yo aún no sabía- sería el resto de mi vida. Y, de repente, esos ojos verdes y vivos como de cachorro, esos rizos húmedos y descuidados, ese acento tan del norte, esa boca como de casualidad, como de garabato a lápiz.
Se me clavaron en el pecho como dagas cargadas de futuro.

“You seem surprised”, dijo. Y se abrió la danza entre la belleza y el tormento.

Lo escribí entre dos sueños que hablaban de tu piel de tierra

Si te vienes conmigo
prometo hacerme llama
e iluminarte los rincones;
abandonar el pasado
abandonándome a un futuro contigo.

Por ti
aprendería a cocinar,
y a contar historias
para llevarte lejos.
Que fundemos un planeta,
y coserte el cuero cuando te desgarres
mientras te digo: mira, tonto,
se hace así.
Y plantarte tulipanes en el pecho.

Por tus dedos,
me limaría las espinas.

Que yo nunca te duela, que
nunca sangres.

No puedo dormir.
Pienso que me abrazas por la espalda
-apartando la tormenta,
reduciéndola a ruido-,
y me cago en tu puta vida.