Just take a look at us, we’re heading for a fall

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Hay instantes en los que siento que todo el dolor, todas las lágrimas que he echado desde que sé llorar, todos los vaivenes, las subidas y bajadas, las ganas de morir y el desconsuelo han merecido la pena. Por haberme traído a este momento. Todo el dolor por vivir este segundo, perfecto, redondito, puesto aquí para mí. Toma, Zara, disfruta.
A veces la vida se apiada.

Como cuando él llega de madrugada y me despierta acariciándome la espalda despacito: “Zara, hey, Zara, soy yo, tranquila”, como si no supiera que es él, como si no lo sintiera. Y se escurre en la cama, y me escurro sobre su cuerpo, dormida, como si fuera agua acariciando roca.
O cuando aparece a media noche y me dice: traigo pizza, cerveza, y un disco de Tom Waits.

Cuando enciende las velas y apaga las luces.

Cuando juega a hacerme feliz y cuenta las veces que me río, “ha, ya van dos carcajadas esta noche”, “sonríes desde dentro, hacía mucho que no te veía sonreír así”.

Cuando se despierta y se me enrosca así como una anaconda a punto de arrancarme la vida de un bocado y pienso que no sé cuál es mi pierna y cuál es la suya y dónde está mi corazón a estas alturas, madre mía, dónde, dónde, dónde. Pero me da igual, porque todo este universo nuestro huele a él y entonces qué más da si mi corazón está, no sé, en Londres, podrido en el número 60 de Godwin Road.

Cuando me acaricia la cara, así, con la delicadeza de quién acaricia un pétalo por sentir la textura pero sin querer que se desprenda de la flor que lo mantiene con vida.

Cuando canta y grita y se ríe sin motivo sólo para que le diga you’re such an idiot y así pueda decirme fuck you, Spaniard.

Cuando conduce a 200km por hora y no tengo miedo porque con él al lado esa palabra queda desprovista de sentido y porque me daría igual morir, exactamente igual morir, y me dice “me gusta que confíes en mí”.

Cuando le abrazo por la espalda y pienso “y qué si no te suelto nunca, eh, eh, EH. QUÉ”.

Cuando me hace cosquillas, y me muerde, y me levanta en peso, y finge que me pega y después me abraza.

Cuando me duele y lloro y quiero no volver a verle nunca más y lamento con toda la fuerza que me queda en el pecho haberle conocido y le agarro los brazos y me meto en medio y sigo llorando pero calentita y escuchándole los latidos.

Cuando estoy con él y sueño que estoy con él y me despierto y pienso “anda mira un sueño hecho realidad” y me quedo una hora memorizando las arrugas que quedan a los lados de sus ojos de gato.

Cuando se ríe.
Sobre todo cuando se ríe.

“It’s so bad it’s got to be good, mysterious girl, misunderstood…”

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Cuando se fue me hizo prometerle que nunca volvería a Forest Gate sin él.
Como si pudiera volver.

A una hora al este del centro de Londres, tenía que coger dos trenes y andar veinte minutos para llegar hasta sus ojos de gato.
A veces, me ponía tan nerviosa que cuando me quedaban dos manzanas para llegar, me paraba unos minutos en medio de la calle, respiraba hondo, me limpiaba el sudor de las manos y me recolocaba el corazón que, vestido de domingo, luchaba por salírseme de las costillas.

Hubo muchos más sitios. Acabamos cogiendo aviones contra todo pronóstico, pero en Forest Gate nos miramos con recelo, nos dijimos todas las mentiras que se dicen al principio, nos follamos a conciencia y nos amamos por accidente, aprendimos a leernos la mente, nos dimos cuenta de que rimábamos en asonante y nos elegimos.
En Forest Gate me pidió por primera vez que me quedara, yo hice de sus brazos mi casa y me aprendí todas sus líneas de memoria.

El día que decidí que iba a dejar que me jodiera la vida era, como hoy, 16 de abril.
Le miraba -semi dormida, acurrucada en una esquina del sofá- hacerme la cena descalzo, pisándose los bajos de los vaqueros con los talones, y canturreando sobre la voz de Anthony Kiedis “Slow cheetah”.
Sentí cómo el corazón se me caía al vacío.
Como en toda caída, el final estaba claro.

He lamentado tantas veces como he agradecido que aquel día me abriera la puerta.

El corazón me suspira de alivio cada vez que la pantalla se ilumina con tu nombre

Tanto, tanto, tanto te echo de menos que me están saliendo alas para ir a buscarte y se me está abriendo en el pecho un vacío con la forma de tu nombre por esos abrazos de anaconda que me dabas -así como si pudieras meter mi cuerpo dentro de ti a base de empujarlo contra tu pecho-, y por esa forma en la que me agarrabas la carne de las caderas, como queriendo llevar el desnudo más allá, desgajándome la piel, para asomarte a entender todo esto que se me mueve por dentro.

Quiero decir que
me he tirado toda la noche leyendo a Orwell
y pensando en el verde de tus ojos,
en cómo se expande todo con tu risa,
en que ayer fue tu cumpleaños
y querría haberme emborrachado contigo,
en que te salvaría la vida
un millón de veces más,
a costa de mi pecho.

Aprender a decir “te quiero” en inglés con los ojos

Levantarme, vestirme y cruzar Londres a las 2 de la mañana para ir a buscarte, besarte los párpados, mandarte fotos desnuda, abrazarte y acariciarte hasta que caes rendido cuando llevas tres días sin dormir y un taxi te deja de madrugada en la puerta de mi casa tambaleándote, renunciar a una semana de vacaciones, dejar a otros por ti, gastarme un dinero que no tengo en cruzar arrebatadamente medio continente para besarte una vez más antes de que te marches, despertarte para que no llegues tarde, no hacer preguntas, aprender a decir “te quiero” en inglés con los ojos, remendar tus desastres, comprarte helado de tarta de queso, no llorarte por no dolerte, perdonarte esto y lo otro, aceptar compartirte y jugar a compartirme también, entenderte las líneas que nadie.

Y seguir deseando que me pidas algo más.
Deseando que seas lo suficientemente irresponsable y egoísta como para joderme la vida pidiéndome que me vaya contigo aunque no sepas dónde ni con quién te vas a despertar mañana.
Deseando coger aviones persiguiendo tus ojos. Cogerlos todos.

Si fueras un látigo me daría nueve golpes y me anudaría tu triza al cuello.
Porque danzas con los límites
pero siempre llegas a tiempo
para salvarme la vida.
Y no te amo pero tienes
el control más absoluto de mi pensamiento
y además eres
lo más bello que he visto en mi puta vida.

Vuelve, que me muero de pena de pensarme sin ti y me muero de ganas de comerte la boca y la risa y los ojos esos verdes que tienes de gato

El 16 de abril me abrió la puerta del número 60 de Godwin Road el resto de mi vida.

-Joder, joder, joder. Fuck, fuck, fuck.

Antes de cruzar el umbral ya sabía que los ojos que tenía delante iban a joderme la vida. Me enamoré como por error. Como quien se salta un escalón y se tropieza.
Le pedí a dios que hiciera algo.

Pero dios es un hijo de puta.

Les contaré a mis nietos que de niña conocí a alguien que tenía las manos hechas de flores

Éramos la historia de amor perfecta. Con sus ojos verdes, con su tragedia, con su pasión, con su despecho.

Con su espera, con sus terceras personas, con sus desvelos.
Con su droga, con su drama, con su ausencia y sus te quiero sin quererte querer.
Con sus mentiras, con sus poemas y su precipicio.
Con sus aviones y su sospecha.
Con sus mensajes de madrugada.
Con su (des)ilusión.
Con su ansiedad y su pellejo. Su desnudez y su máscara.

Con su belleza, con sus “lo siento”, con su descaro, con sus canciones de rock y sus imposibles.
Con sus relojes parados y sus domingos.
Con su obsesión, con su desprecio, con su querer salir corriendo.
Con sus “ya no más” delante del espejo.
Con su impulso y su freno.
Con sus orgasmos, con sus “quédate que sin ti no”, sus trenes y su lluvia.
Con sus abrazos y sus entretelas.

Con su fecha de caducidad.

Con su inoportunidad, con su sangre y con sus dudas.
Con su miedo.

Eres un hijo de perra y también eres
lo más bonito que he visto en mi puta vida.
Eres agua y te ríes como la lluvia.

Me dueles cada madrugada pero si no me hicieras sangrar, no me correría tantas veces.
Ni seríamos una novela de Gabo.

Los dos sabíamos que era la última vez que nos veríamos en la vida

Lo sacrifiqué todo
en pos de la belleza de sus ojos de trébol,
de sus abrazos de anaconda,
de su boca.
De su puta boca.

De su risa y de su acento.
De sus rizos mojados.

Lo sacrifiqué todo.
Mis días, mis noches, mi cordura.
Mi idioma y mi lengua.
Mis manos, mi paciencia.
Todas mis ganas.

Si hubiera podido pedir un deseo,
habría pedido
malvivir de su mano,
quererle a tientas,
darle mi trozo de pan,
mi vida y mi verso;
o morirme en su pecho
-escuchándole los latidos-
después de follar.

Habría pedido que me arrastrara consigo
dondequiera que fuese,
aunque fuera el mismo infierno.