Just take a look at us, we’re heading for a fall

img_20160930_194433

 

Hay instantes en los que siento que todo el dolor, todas las lágrimas que he echado desde que sé llorar, todos los vaivenes, las subidas y bajadas, las ganas de morir y el desconsuelo han merecido la pena. Por haberme traído a este momento. Todo el dolor por vivir este segundo, perfecto, redondito, puesto aquí para mí. Toma, Zara, disfruta.
A veces la vida se apiada.

Como cuando él llega de madrugada y me despierta acariciándome la espalda despacito: “Zara, hey, Zara, soy yo, tranquila”, como si no supiera que es él, como si no lo sintiera. Y se escurre en la cama, y me escurro sobre su cuerpo, dormida, como si fuera agua acariciando roca.
O cuando aparece a media noche y me dice: traigo pizza, cerveza, y un disco de Tom Waits.

Cuando enciende las velas y apaga las luces.

Cuando juega a hacerme feliz y cuenta las veces que me río, “ha, ya van dos carcajadas esta noche”, “sonríes desde dentro, hacía mucho que no te veía sonreír así”.

Cuando se despierta y se me enrosca así como una anaconda a punto de arrancarme la vida de un bocado y pienso que no sé cuál es mi pierna y cuál es la suya y dónde está mi corazón a estas alturas, madre mía, dónde, dónde, dónde. Pero me da igual, porque todo este universo nuestro huele a él y entonces qué más da si mi corazón está, no sé, en Londres, podrido en el número 60 de Godwin Road.

Cuando me acaricia la cara, así, con la delicadeza de quién acaricia un pétalo por sentir la textura pero sin querer que se desprenda de la flor que lo mantiene con vida.

Cuando canta y grita y se ríe sin motivo sólo para que le diga you’re such an idiot y así pueda decirme fuck you, Spaniard.

Cuando conduce a 200km por hora y no tengo miedo porque con él al lado esa palabra queda desprovista de sentido y porque me daría igual morir, exactamente igual morir, y me dice “me gusta que confíes en mí”.

Cuando le abrazo por la espalda y pienso “y qué si no te suelto nunca, eh, eh, EH. QUÉ”.

Cuando me hace cosquillas, y me muerde, y me levanta en peso, y finge que me pega y después me abraza.

Cuando me duele y lloro y quiero no volver a verle nunca más y lamento con toda la fuerza que me queda en el pecho haberle conocido y le agarro los brazos y me meto en medio y sigo llorando pero calentita y escuchándole los latidos.

Cuando estoy con él y sueño que estoy con él y me despierto y pienso “anda mira un sueño hecho realidad” y me quedo una hora memorizando las arrugas que quedan a los lados de sus ojos de gato.

Cuando se ríe.
Sobre todo cuando se ríe.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s