“It’s so bad it’s got to be good, mysterious girl, misunderstood…”

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Cuando se fue me hizo prometerle que nunca volvería a Forest Gate sin él.
Como si pudiera volver.

A una hora al este del centro de Londres, tenía que coger dos trenes y andar veinte minutos para llegar hasta sus ojos de gato.
A veces, me ponía tan nerviosa que cuando me quedaban dos manzanas para llegar, me paraba unos minutos en medio de la calle, respiraba hondo, me limpiaba el sudor de las manos y me recolocaba el corazón que, vestido de domingo, luchaba por salírseme de las costillas.

Hubo muchos más sitios. Acabamos cogiendo aviones contra todo pronóstico, pero en Forest Gate nos miramos con recelo, nos dijimos todas las mentiras que se dicen al principio, nos follamos a conciencia y nos amamos por accidente, aprendimos a leernos la mente, nos dimos cuenta de que rimábamos en asonante y nos elegimos.
En Forest Gate me pidió por primera vez que me quedara, yo hice de sus brazos mi casa y me aprendí todas sus líneas de memoria.

El día que decidí que iba a dejar que me jodiera la vida era, como hoy, 16 de abril.
Le miraba -semi dormida, acurrucada en una esquina del sofá- hacerme la cena descalzo, pisándose los bajos de los vaqueros con los talones, y canturreando sobre la voz de Anthony Kiedis “Slow cheetah”.
Sentí cómo el corazón se me caía al vacío.
Como en toda caída, el final estaba claro.

He lamentado tantas veces como he agradecido que aquel día me abriera la puerta.

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