Los dos sabíamos que era la última vez que nos veríamos en la vida

Lo sacrifiqué todo
en pos de la belleza de sus ojos de trébol,
de sus abrazos de anaconda,
de su boca.
De su puta boca.

De su risa y de su acento.
De sus rizos mojados.

Lo sacrifiqué todo.
Mis días, mis noches, mi cordura.
Mi idioma y mi lengua.
Mis manos, mi paciencia.
Todas mis ganas.

Si hubiera podido pedir un deseo,
habría pedido
malvivir de su mano,
quererle a tientas,
darle mi trozo de pan,
mi vida y mi verso;
o morirme en su pecho
-escuchándole los latidos-
después de follar.

Habría pedido que me arrastrara consigo
dondequiera que fuese,
aunque fuera el mismo infierno.

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