Todos los acantilados dan a su alma de descuido. Tírate, si tienes huevos.

Alguien me había dado una dirección.
Salí del trabajo, cogí dos trenes y, hacia las nueve de la noche, llegué hasta aquella puerta. El aire olía a especias y hacía un frío de siete pares de cojones en Londres.
Sus manos de enredadera giraron el picaporte desde el otro lado para dejarme entrar en lo que -yo aún no sabía- sería el resto de mi vida. Y, de repente, esos ojos verdes y vivos como de cachorro, esos rizos húmedos y descuidados, ese acento tan del norte, esa boca como de casualidad, como de garabato a lápiz.
Se me clavaron en el pecho como dagas cargadas de futuro.

“You seem surprised”, dijo. Y se abrió la danza entre la belleza y el tormento.

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