Phew, that was close…

Ya no sé si te quiero.
He pasado mil tempestades.
El desgaste es tal que no me reconozco.
Pero a ti sí.
Ése es el problema.
Te miro
y veo en tus ojos todo lo que fuimos,
tus fotos desde el otro lado del mar,
tus mensajes por la mañana,
tu miedo,
todos los sitios en los que follamos,
el tren que me llevaba hasta tu casa,
Red hot chili peppers mientras me hacías la cena,
tu sofá,
60, Godwin Road, Forest Gate, London,
el segundo en el que nos cruzamos por primera vez,
“you seem surprised”,
no era sorpresa, es que ya me había enamorado, imbécil, que siempre has sido muy imbécil.
Covent Garden,
los aeropuertos,
tu cumpleaños,
el osito de peluche,
esperarte a la salida del metro con el corazón en la garganta,
mirar hacia abajo, verte dormido en mi pecho y pensar “me cago en mi puta vida, quién me mandó a mí salir de casa aquella noche”.

Te miro,
veo todo eso, y pienso
por qué ahora me dueles tanto,
si eres lo más bonito que he visto en mi puta vida,
por qué me aplastas como si fuera un bicho
cada vez que te callas
cuando necesito tu palabra más que el aire,
por qué ahora te pido tanto
de todo lo que sé que tú no eres,
y te baño en reproches
y acabo contigo.

Por qué nos matamos,
si el amor es infinito,
si somos uno
-lo sabes, me lees la mente y yo
te leo el alma. Todo lo demás lo compartimos-.
Cómo dónde cuándo
nos rompimos.

Por qué a veces aún somos
y te mueres por mí
y te beso los párpados,
y tu casa parece el número 60 de Godwin Road,
pero luego me matas y nos mato de nuevo.

Ya no sé si te quiero.
Quiero decir: te quiero con todo de lo poco que queda de mí,
estoy hecha de tu nombre,
pondría mi pecho delante de la bala,
no hay nadie -no habrá nadie- más que tú,
pero no creo que pueda soportarte más.
Porque llevo tanto tiempo tan rota
que no sé lo que soy,
tanto tiempo contigo,
que no sé lo que era antes de ti.

Es frustrante.
Supe desde el primer momento
que eras para toda la vida.
Así como que eras
un hijo de puta.
Y no elegí huir.

Just take a look at us, we’re heading for a fall

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Hay instantes en los que siento que todo el dolor, todas las lágrimas que he echado desde que sé llorar, todos los vaivenes, las subidas y bajadas, las ganas de morir y el desconsuelo han merecido la pena. Por haberme traído a este momento. Todo el dolor por vivir este segundo, perfecto, redondito, puesto aquí para mí. Toma, Zara, disfruta.
A veces la vida se apiada.

Como cuando él llega de madrugada y me despierta acariciándome la espalda despacito: “Zara, hey, Zara, soy yo, tranquila”, como si no supiera que es él, como si no lo sintiera. Y se escurre en la cama, y me escurro sobre su cuerpo, dormida, como si fuera agua acariciando roca.
O cuando aparece a media noche y me dice: traigo pizza, cerveza, y un disco de Tom Waits.

Cuando enciende las velas y apaga las luces.

Cuando juega a hacerme feliz y cuenta las veces que me río, “ha, ya van dos carcajadas esta noche”, “sonríes desde dentro, hacía mucho que no te veía sonreír así”.

Cuando se despierta y se me enrosca así como una anaconda a punto de arrancarme la vida de un bocado y pienso que no sé cuál es mi pierna y cuál es la suya y dónde está mi corazón a estas alturas, madre mía, dónde, dónde, dónde. Pero me da igual, porque todo este universo nuestro huele a él y entonces qué más da si mi corazón está, no sé, en Londres, podrido en el número 60 de Godwin Road.

Cuando me acaricia la cara, así, con la delicadeza de quién acaricia un pétalo por sentir la textura pero sin querer que se desprenda de la flor que lo mantiene con vida.

Cuando canta y grita y se ríe sin motivo sólo para que le diga you’re such an idiot y así pueda decirme fuck you, Spaniard.

Cuando conduce a 200km por hora y no tengo miedo porque con él al lado esa palabra queda desprovista de sentido y porque me daría igual morir, exactamente igual morir, y me dice “me gusta que confíes en mí”.

Cuando le abrazo por la espalda y pienso “y qué si no te suelto nunca, eh, eh, EH. QUÉ”.

Cuando me hace cosquillas, y me muerde, y me levanta en peso, y finge que me pega y después me abraza.

Cuando me duele y lloro y quiero no volver a verle nunca más y lamento con toda la fuerza que me queda en el pecho haberle conocido y le agarro los brazos y me meto en medio y sigo llorando pero calentita y escuchándole los latidos.

Cuando estoy con él y sueño que estoy con él y me despierto y pienso “anda mira un sueño hecho realidad” y me quedo una hora memorizando las arrugas que quedan a los lados de sus ojos de gato.

Cuando se ríe.
Sobre todo cuando se ríe.

…it’s been so long, I don’t know what to say

Fui no sé cuántos millones de días contigo -contigo no estuve, contigo fui-.
Me colé en tu casa, me hice amiga de tus amigos (esos que ahora te preguntan dónde está, cuándo vuelve la chica española con acento de Inglaterra), te he visto en todas tus caras y en todas tus caretas, he usado tu cepillo de dientes, he comido con tu familia y he odiado a tu madre tras pasar por sus interrogatorios y tras ver cómo te trata.

Te sé de memoria, por fuera, por dentro, del derecho y del revés. Te sé.
Y te quiero con todas las cosas que eres -las malas también-.
Te quiero, ya sabes, con conocimiento de causa.

Rutina, decepciones, miseria, no toques eso que lo vas a romper QUE NO TOQ… *crack * ops sorry.
Pero nunca se apagó la magia.

Nunca dejé de ponerme nerviosa cada vez que te veía -eres, después de todo, lo más bonito que he visto en mi vida-. Ni uno solo de todos esos millones de días.
A pesar de.

También me preguntaba, cada vez, qué coño hacía un ángel como tú abrazándome por las noches, cómo cojones te había engañado para que te quedaras conmigo.
“Uo, mira, hay una flor gigante dormida en mi cama. Ahora qué”

A falta de dioses, le daba las gracias al aire. Porque, no sé, alguien debió haberte traído.
Y le pedía -también al aire- que nunca llegaras a conocerme de verdad.

Fui no sé cuántos millones de días contigo, y ahora que no soy -ni contigo, ni sin ti- nada, me sigo poniendo nerviosa cada vez que te veo.
Aún se me eriza la piel cuando oigo tu voz.
Y eso que lo tengo todo muy oído y además, me tienes muy hasta los cojones.

A veces pienso que pasarán siglos, mil quinientos millones de derrotas, y se me seguirá poniendo el corazón en la garganta -aniquilándome el habla- cada vez que vea los ojos esos verdes que tienes de gato.

A veces pienso que ocupas tanto, que cuando me muera, será irremediablemente contigo.
Aunque no estés cerca, porque de tanto que no te dejo, ya ni me quieras.

“Y que prefiero la guerra contigo al invierno sin ti…”

A veces me cae encima el recuerdo de lo que fuimos así, como un jarro de agua fría.
Y no sé cómo escapar, no encuentro calor en ninguna parte, en ninguna voz.
Es como estar a la intemperie en medio de una lluvia torrencial sabiéndome sin refugio y tenerme que resignar acurrucada en una esquina. Hasta que pase.

Hasta que pase.
Desde que te conocí.
Hasta que pase.

Pero tú nunca pasas, tú vas y vienes pero dejando siempre patente que te quedas.

Es curioso cómo he deseado que te fueras desde el mismo día que llegaste, siendo lo que más quiero en el mundo que te quedes toda la vida.

A veces no hay manera. Ni una cerveza con amigos, ni otro hombre, ni llamar a mi madre, ni leer a Gabo, ni escuchar a Sabina.
A veces me cae encima el recuerdo de lo que fuimos así, como un jarro de agua fría.

Y no sé cómo pero necesito extirparte. Porque desde que te fuiste no vivo, existo.
Existo con los ojos cerrados esperando un zarpazo.
Porque sin ti no soy consciente de mis latidos, no tengo casa ni nombre y aunque siga caminando, a veces te lloro tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte que todo lo que me roza se quiebra y me vuelvo toda herida y cada cosa que soy se reduce a tu nombre.

Y otra vez, hasta que pase.

Que me cago en tu puta vida bastante a menudo, dicho de otro modo.
Qué más da, si no te enteras.
Si no hablas Spanish,
ni me miras ya
más que cuando te tropiezas
con un trozo del corazón
ese que tienes, podrido,
y te acuerdas de que, a veces,
soy la cosa más bonita que te ha pasado en la vida,
aunque te joda,
aunque no soportes mirarme a los ojos y ver
cómo de fuerte me dueles,
sigo siendo yo
y tú sigues siendo conmigo.

Que si pudiera llevarme
un recuerdo a otra vida
me llevaría tus ojos de gato.
Que te amo
con todo de lo poco que me queda
de mí.
Dicho de otro modo.

“It’s so bad it’s got to be good, mysterious girl, misunderstood…”

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Cuando se fue me hizo prometerle que nunca volvería a Forest Gate sin él.
Como si pudiera volver.

A una hora al este del centro de Londres, tenía que coger dos trenes y andar veinte minutos para llegar hasta sus ojos de gato.
A veces, me ponía tan nerviosa que cuando me quedaban dos manzanas para llegar, me paraba unos minutos en medio de la calle, respiraba hondo, me limpiaba el sudor de las manos y me recolocaba el corazón que, vestido de domingo, luchaba por salírseme de las costillas.

Hubo muchos más sitios. Acabamos cogiendo aviones contra todo pronóstico, pero en Forest Gate nos miramos con recelo, nos dijimos todas las mentiras que se dicen al principio, nos follamos a conciencia y nos amamos por accidente, aprendimos a leernos la mente, nos dimos cuenta de que rimábamos en asonante y nos elegimos.
En Forest Gate me pidió por primera vez que me quedara, yo hice de sus brazos mi casa y me aprendí todas sus líneas de memoria.

El día que decidí que iba a dejar que me jodiera la vida era, como hoy, 16 de abril.
Le miraba -semi dormida, acurrucada en una esquina del sofá- hacerme la cena descalzo, pisándose los bajos de los vaqueros con los talones, y canturreando sobre la voz de Anthony Kiedis “Slow cheetah”.
Sentí cómo el corazón se me caía al vacío.
Como en toda caída, el final estaba claro.

He lamentado tantas veces como he agradecido que aquel día me abriera la puerta.

“Shhh, I can hear your thoughts from here” me decía, el hijo de puta, cuando me acurrucaba en su pecho

Tú, que me sacas tan fácil,
que me dices que me quieres así,
como si no me quisieras,
dime cómo te arranco
de la pared interior de mis costillas,
cómo reconquisto mi nombre, cómo
dejo de mirar tus fotos.

Tú, que te mueves por cualquier parte del mundo
como si siempre estuvieras en casa,
dime cómo recorro otros mapas
sin acordarme de tus picos y tus llanos,
tus tormentas,
el ruido de tus ríos,
del puto
horizonte de futuro y
la implosión de colores
que estalla
en tus ojos.

Tú, que llegaste y (te) pusiste todo en orden
dentro de mí,
que renombraste cada esquina,
que me borraste el pasado,
que izaste tu bandera
y me enseñaste tu lengua
hasta que no supe hablar ni besar otra.
Tú, que te convertiste en mi casa
la primera vez que me abriste tus brazos,
que lograste que toda la belleza del mundo
rimara en consonante con tu risa,
dime cómo me arranco ahora tu acento
y la forma de tus manos
porque me están desgajando la piel desde dentro.

Tenía tantas ganas como miedo

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El primer día supe que me iba a enamorar de ti porque cuando me topé con el verde de tus ojos se me cayó el corazón al suelo.

Y porque cuando llegué a mi casa esa noche después de follarte, te escribí un poema. Aún no sabía ni siquiera cómo se pronunciaba tu nombre.

Dos semanas después, volviste a llamar.

Fue bonito mientras me lo creí.

Reírnos follando, follarnos riendo, coger mil trenes hasta Forest Gate, aviones hasta donde estuvieras, cocinar, hacernos cosquillas, correr por las rocas de la costa irlandesa, mirar el Océano Atlántico y tirarle piedras, besarte los párpados y que me besaras los dedos, mirarte así, como si fueras la octava maravilla del mundo o más; tu risa de rima asonante pintando las paredes de colores, el puzzle perfecto que formábamos al dormir, el olor de tu barba, temblar al verte, la forma en la que me quitabas el pelo de la cara, pintarme las uñas de colores en invierno porque ibas a venir, ponerme tu ropa, las mil películas que nunca habría visto de no haber sido contigo, tus besos en la frente, tocarnos en cualquier parte, tus abrazos por la espalda, tus fotos, conducir a mil por hora por el bosque cantando a Mumford & sons, compartir hasta el cepillo de dientes, el alivio en tus brazos, el desasosiego en tus brazos, beber Murphy’s en The black bird, llorar de la risa con las gilipolleces que decías, cruzar Londres de madrugada para ir a buscarte, comer pizza hasta reventar, esperarte volver, pararme a entenderte, pararme a mirarte, pararme a sentirte llegar, quedarme dormida en tu pecho mientras me contabas cosas entre susurros, comprarme ropa interior bonita, tu voz al otro lado del teléfono como un bálsamo, tu acento del sur, nadar en tus ojos, enredarte el pelo, dejarte volar y ver cómo te perdías, verde, en el horizonte.

Fuiste como despertar, como ver emerger las flores, como encender las luces o reinventar la poesía.

Cuándo estabas, la felicidad no me cabía dentro.

Ahora me siento muerta y sólo quiero que pasen los días.

Me dueles tanto, que ya no me parezco a mí.

Me he olvidado.